viernes, 9 de noviembre de 2007

La nada del nacionalismo como discurso de combate

El nacionalismo es un cáncer político para una sociedad democrática. Esta frase es inexacta o, más bien, totalmente equívoca porque aunque más importante es la sociedad que la democracia (más importante la gente que el sistema de gobierno) lo sustantivo sería aquí el adjetivo. Así pues: el nacionalismo es un cáncer para la democracia. Sin embargo la frase del principio no deja de contener, también en rigor, cierta parte de verdad en tanto es un hecho que la sociedad democrática no quiere dejar de serlo, que la sociedad gobernada en democracia no quiere gobernarse en el despotismo o el autoritarismo. Bien es cierto que hay sociedades gobernadas democráticamente que han entrado en un declive terminado, incluso, en el totalitarismo. Son tragedias patéticas: no lo quieren, son engañadas patéticamente… con visiones de mundos utópicos.

En todo caso estamos ante una certeza particularmente veraz en España. Digo que aquí es aplicable en particular porque nuestra democracia se halla a día de hoy bastante degenerada.

El nacionalismo es una utopía como otra cualquiera: es inalcanzable. Otro carácter inherente del hecho utópico es que parte de presupuestos falsos, no podía ser de otra manera: las utopías solo se alcanzan en la teoría desde la falsedad y la mentira (en la práctica ni eso, el crimen puede ayudar al engaño pero no acerca “el mundo nuevo”). No me refiero simplemente a sus estupefacientes visiones de la historia, menos a su filosofía de la historia, sino a que la sociedad de la que nos hablan no se ajusta a la que de verdad existe. El nacionalista, como utópico moderno, puede asumir públicamente el hecho y en cualquier caso lo asume consciente o inconscientemente en su fuero interno, pero, decía, como todo utópico moderno lo justifica señalando que la sociedad está “engañada” de alguna manera. Para el nacionalismo la sociedad está imbuida de “anhelos”, “potencialidades”, “deseos” e “intuiciones” reprimidas que esperan un sencillo catalizador para emerger, naturalmente ese catalizador existe y es él, su personificación, el nacionalista. Aunque como adepto al racionalismo me fío más de lo explícito (ya existente, presente) no negaré que lo implícito se da, pero igualmente existen potencialidades implícitas de violencia, crimen y masacre que pueden estar esperando un catalizador, un “momento para emerger”, para “ser libres”… respecto de la justicia, en el crimen. Esto último explica muy bien en mi opinión el hecho de que en los regímenes tiránicos haya tantos crímenes: el catalizador es el régimen, el criminal de a pie existía antes solo que “emerge”.

Como decía antes la sociedad democrática no quiere dejar de serlo, pero la utopía puede penetrarla, nada más hace falta la demagogia. Nada más no, claro, obviamente hay condiciones ambientales que la favorecen, muchas veces inesperadas y acaso inadvertidas. “Factores” que están ahí, “potencialidades” que esperan al demagogo.

El nacionalista es un demagogo, su sociedad no existe y lo sabe (los políticos lo saben, al menos hasta que se autoengañaron). Sabe que “su sociedad” debe ser construida, que no “emergerá espontáneamente” al levantar velos ignominiosos. Que no florecerá cuando “denuncie la injusticia”. A este respecto el problema con el nacionalista lo resumió a la perfección otro utópico, Marx, y es que “el nacionalista no busca mostrar la realidad, sino cambiarla”; querría recalcar –por si acaso- que la realidad puede ser cambiada, pero que todo cambio –he aquí el quid de la cuestión- debe partir de la realidad existente, de lo real, y no tratar de crear una realidad que se ajuste a los fines.

En España el nacionalismo no renuncia a tomar una realidad inexistente (qué gracia hace, entonces, hablar de “realidad”, ¿hay alguna “realidad no existente”?), ni a acomodarla a los fines, no renuncia a ésto pero reconoce la falacia que hay en ello, asume que los cambios deben ser progresivos. Lo asumió hace tiempo. En España, ahora, el nacionalismo comienza a quitarse sus velos, es muy notable el debate interno que se desarrolla en la coalición Convergència i Unió (CiU)*, donde Convergència opta por el independentismo mientras Unió renuncia a él, así como al “soberanismo” (¿qué otra cosa es soberanía sin independencia? o al menos ¿qué cosa puede ser para un nacionalista hispano?). Exactamente lo mismo ocurre con el PNV, donde Ímaz ridiculizaba públicamente –aunque sin recrearse- la independencia y la soberanía, afirmando una y otra vez que eran “conceptos cuyo significado había que pensar de nuevo”. Los velos se quitan por cuanto todos comienzan a hablar de independencia y soberanía, efectivas, reales.

Digresión. Dice el nacionalista y asume el público en general, que “la independencia es un objetivo legítimo”. ¡Hasta dónde ha llegado la degradación de nuestro sistema democrático cuando se discute sobre lo que es legítimo en lugar de lo que es erróneo! Siendo justos esto ocurre en gran medida porque el nacionalismo español ha presentado el independentismo regional como ilegítimo, en lugar de cómo absurdo y pueril. Algunos nacionalistas, los más capaces, aseguran que la independencia, por ejemplo, de Cataluña haría que los catalanes “vivieran mejor”; esto, aparte de impregnado por una visión cortoplacista atroz –nuevamente, o, doblemente pueril- solo puede sostenerse desde una posición absolutamente egoísta. El egoísmo se tapa con ambigüedad, es un egoísmo demagógico.

De vuelta. Y es que la independencia de alguna región española es una estupidez, algo que no cabe en la cabeza de alguien bienintencionado a quien guía la razón, en fin, alguien orientado porque “los ciudadanos vivan mejor”, solo pueden sostenerlo quienes se conforman con que “los ciudadanos estén más a gusto”. Esta es otra degradación de la democracia, “vivir mejor” por “vivir a gusto”. Vivir mejor tiene como término inestimado “vivir bien”, vivir “a gusto” tiene un término nada inestimado: vivir en una sociedad en que determinadas ideas se hayan establecido generalmente. Pero hay otra cuestión más inquietante ¿No vivían “a gusto” muchos alemanes bajo el nazismo?, ¿no decía Mayor Oreja que, en el País Vasco, muchas familias vivieron el franquismo con “mucha tranquilidad” –estaban “a gusto”-? Estas preguntas nos llevan a contestaciones inequívocamente positivas, al “sí”. Y es que el fracaso antidemocrático se sustenta en buena medida en una falta de exigencia terrible y, en último término, en el fracaso. Véase ya el tremendo paralelismo que puede establecerse entre la utopía nacionalista y, por ejemplo, la comunista: unos y otros pretenden algo inmejorable (la diferencia es superflua, puede decirse desde cierto punto de vista que el ideal comunista es “inmejorable” en tanto no habría nada mejor; la utopía nacionalista solo pretende que se “esté a gusto”; el totalitarismo nacionalista, el nazismo, pretendió “un nacionalismo que no tuviera nada perfectible”, una mezcla explosiva).

Se asume con naturalidad que lo “necesario” para la vida de un hombre es muy variable, que no se puede hacer un decálogo en que se determinen las necesidades humanas, de cualquier humano, y es cierto. Ocurre que las “necesidades” van cambiando y que lo “necesario” en la Francia del s.XX podrían considerarlo superfluo quienes pintaban las cuevas de Lascaux. Lo “necesario” es algo variable de una sociedad a otra y en última instancia algo del todo subjetivo, por eso al nacionalista le basta con “estar a gusto”, con que sus sentimientos patrióticos (sentimientos al fin y al cabo) sean asumidos por la legalidad de su Estado.

No confío en el triunfo de estas razones en la contienda presente que hay en España contra el nacionalismo, pero sí apuesto por ellas. El nacionalismo no es ilegítimo, es estúpido. Los nacionalismos regionales que se desenvuelven en España no son sinónimo de fascismo, son sinónimos, canonizaciones de la “mínima exigencia”. Es la mínima exigencia elevada a los altares. No son ideas de sociedades nuevas, ordenadas originalmente, son ideas de “sociedades suyas”, que bien pudieran ser –desde luego- en todo lo sustantivo y –probablemente- en un 99% de lo demás exactamente lo mismo que la España de hoy. Hay suficientes datos que inducen a pensar tal cosa: los territorios que componen el Estado actual lo formaban ya hace 515 años, España es nación desde hace unos de 150. Si se aparta la filosofía de la historia nacionalista, ese esencialismo caduco, estéril para el pensamiento (y potencialmente dañino para lo físico), solo podemos preguntarnos ¿si hemos vivido bajo las mismas condiciones durante tanto tiempo qué han estado haciendo secretamente que los lleve a ser, en la independencia, tan distintos a nosotros? Nada, naturalmente. Esas cuatro letras resumen a la perfección la esencia del nacionalismo.

Clamo porque se muestre la auténtica perfección del nacionalismo, se desarrollen racionalmente y se enseñen sus verdaderas exigencias. Clamo porque se muestre algo muy demostrable -que reitero nuevamente-, que la perfección del nacionalismo es “en el a gusto”, que una vez alcanzado eso no tiene nada más, que una vez alcanzado eso será exactamente igual que cualquier otra cosa. Que no promete de veras nada original ni ambicioso (aparte de su ceguera y estupidez). Que la canonización de unas ideas de inspiración sentimental (esas que les harán sentirse -solamente- “a gusto”) es una concepción absurda y perniciosa para cualquier sociedad: es la negación del progreso humano. El nacionalismo no puede prometer desde la razón nada más que lo que puede prometer un no-nacionalismo cualquiera.

Clamo por mostrar algo muy demostrable, que el nacionalismo puede prometer, eso sí, mucho menos que un no-nacionalismo cualquiera.


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* Aunque sacar rotundas y trascendentes conclusiones políticas del análisis lingüístico puede ser peligroso y, a veces, absurdo alguien debería hablar sobre qué cohesión ideología puede soportar una coalición compuesta por un partido que suma una “convergencia" y una "unión”. Jocosamente puede decirse que es la significación más perfecta del “unámonos que somos más fuertes, ya veremos para qué”… no extraña que CiU fuera tradicionalmente una formación “pragmática”.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Multiculturalismo...

<<Identidad contra libertad

La observación de las diferencias entre los diversos pueblos, que es el objetivo mismo de la antropología, ha sido una de las razones de sus falencias. La constatación de la existencia de diversas culturas la llevaba, con frecuencia, a deducir que todas eran igualmente válidas y que, por lo tanto, el antropólogo debía mantener una total neutralidad valorativa pues no existiría ni una ética objetiva ni una tabla rasa universal de valores desde donde juzgarlas. El concepto de culturas, tan caro a la antropología, alentó el criterio de las diferencias y menospreció las similitudes destruyendo así la concepción del género humano como unidad. La sobrevaloración de la identidad cultural, el respeto incondicionado por las peculiaridades caía en las contradicciones de todo relativismo, se veía obligado a defender como expresión de la identidad cultural supersticiones y prejuicios enraizados en las tradiciones ancestrales que, a veces, eran meras estupideces y otras, crímenes. Lévi-Strauss -Antropología cultural II- elogiaba la superstición popular como fuente de creatividad.

El estructuralismo, como todo relativismo cultural, se autocontradecía: si pretendía igualar a todas las culturas debía admitir también aquellas que negaban la igualdad a sus integrantes y a otras culturas. La tolerancia incondicional obligaba a tolerar a los intolerantes y la libertad pura permitía obrar a quienes se proponían destruir la libertad. Si se desconocía la existencia de valores universales, se relativizaban valores como la igualdad, la democracia, los derechos humanos. Lévi-Strauss admitía que éstos sólo eran válidos para un número limitado de sociedades. Cuando fue invitado a hablar en 1976 ante un comité sobre las libertades en la Asamblea Nacional Francesa, sostuvo que la libertad era un concepto determinado por el contexto y que la libertad moderna, en el sentido anglosajón, había sido el fruto de una experiencia histórica sumamente peculiar. Se manifestó, asimismo, contrario a hacer de la libertad un falso absoluto y señaló que, en las sociedades totalitarias, los habitantes podían sentirse muy libres de cumplir las leyes impuestas por esos sistemas. Citaba las críticas de Lord Maine contra las "supersticiones jurídicas" como el "fetichismo de los derechos humanos" y concluía que una definición racionalista y universalista de la libertad se oponía al pluralismo social.>>


(En El olvido de la razón, Juan José Sebreli, Editorial Sudamericana 2006. Capítulo Vº "El estructuralismo: Lévi-Strauss").

Como con el anterior post sobre el tema el lector español puede ver cómo su pensamiento aplica estas frases a realidades mucho más inmediatas que un concepto como puede ser el de "multiculturalismo". Hay "tonterías" -las más de las veces políticas- mucho más cercanas o, por mejor decir, visibles.

martes, 30 de octubre de 2007

Sobre gente que piensa lo que piensa y hace lo que hace

Hacia el final del Gobierno Aznar el lehendakari Juan José Ibarretxe planteaba una reforma del Estatuto de Autonomía que no había tratado de consensuar siquiera en el Parlamento vasco, según aquella infructuosa iniciativa el País Vasco pasaría a ser un Estado Libre Asociado dentro del Estado español. El Estatuto “nacía muerto” como si dijéramos en tanto que el lehendakari no había pactado con nadie allí, es más, presentó la propuesta poco menos que de improviso. Aparte de éso -y como era de esperar- el dicho estatuto recogería la posibilidad de realizar un referéndum de autodeterminación para la CAV, algo que no tiene cabida en la Constitución, es decir, en el ordenamiento jurídico aprobado democráticamente.

Hacia el final del Gobierno Zapatero –de este al menos- el lehendakari propone la realización, o bien de un referéndum de carácter vinculante, o bien una consulta para conocer si la ciudadanía de la Comunidad Autónoma Vasca quiere que se le celebre otro referéndum, este vinculante en todo caso, de autodeterminación. La primera posibilidad será si no llega a un pacto con el Gobierno –que él llama a veces “Estado”-, la segunda, la consulta si no lo logra. Esto, lo hace sin haber hecho esfuerzo alguno para lograr un consenso más (o menos) generalizado en su ámbito institucional.

Volvamos al pasado. En la otra ocasión cabe recordar que el pretendido referéndum de autodeterminación hubiera sido posible solo en el caso de que ETA hubiera desaparecido, y con ella las presiones y el acoso que los no nacionalistas sufren en el País Vasco. Asimismo no podemos olvidar que las pasadas elecciones autonómicas vascas fueron presentadas como un plebiscito para su Plan, y que el PNV perdió bastante apoyo ciudadano, con lo que hemos de concluir que la iniciativa había quedado rechazada.

Tenemos, entonces, que la piedra angular de su proyecto político se venía abajo con todo lo que esto debería significar: Ibarretxe es o debería ser un cadáver político. Sea como fuere durante la presente legislatura se abrió la posibilidad de llegar a una paz negociada con ETA, es decir, para que no haya equívocos, de lo que se trataba es de que la banda terrorista desapareciera, dejara de matar y, en consecuencia, desapareciera igualmente la presión que sufren muchos políticos, periodistas, personajes públicos en general y, ni que decir tiene, miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Decía, éso es lo que se intentó, y en todo el período la figura del lehendakari brilló por su ausencia, no dio la sensación en ningún momento, acaso solo al final, de que Ibarretxe estuviera muy implicado en las negociaciones. Esto puede tomarse como nota indicativa de la poca relevancia del personaje, por mucho que pueda tenerse por cierto que la no implicación del PNV en el mismo, o del Gobierno Vasco al que representa Ibarretxe, fue un error.

Ahora tenemos, entonces, que el lehendakari, que había planteado las últimas elecciones autonómicas a las que concurrió como una especie de plebiscito a su Plan soberanista, que ha estado desaparecido durante dos años uno de los cuales se negociaba con ETA, quiere celebrar una pregunta sobre una pregunta que antes solo podía ser formulada en ausencia de violencia. Espero que venga aquí alguien (en realidad no lo espero tanto) a decirme qué clase de legitimidad se necesita para hacer esto con naturalidad, para decir que esto es legítimo; la pregunta la lanzo en toda su precisión, ¿qué clase de legitimidad?, porque no es la legitimidad a la que habitualmente puede referirse cualquier demócrata, y puntualizo por último que hablo simplemente de “legitimidad política” entendida como “vergüenza torera” –de Ibarretxe. No estoy hablando de la legitimidad de proponer algo a todas luces ilegal, que podría hacerse con facilidad.

En ese sentido podríamos preguntar también qué clase de legitimidad tiene una propuesta que se sustanciaría potencialmente “en ausencia de violencia” (sin ETA) y que ahora pretende obviar tal circunstancia. Más allá de la poco razonable discusión sobre la idoneidad de la propuesta en un País Vasco en que existe ETA es de suponer que si uno lo ha dicho ha de tomarse como condición necesaria, digo yo. Quiero decir que, al menos en Euskadi, si alguien se compromete a que la autodeterminación es posible solo si no existe ETA, deberá cumplirlo. Quiero decir, y perdón por la reiteración, que la violencia no se puede banalizar de esta manera, no al menos en el País Vasco.¿Qué tipo de legitimidad se necesita para hacer esto? Pero es más, es que no hay ninguna vergüenza, ni torera ni chamarilera, este hombre todavía dice que no está dispuesto a que “ETA marqué los límites” de lo que se puede hacer y no hacer en Euskadi. Pásmense marcianos que nos ven desde los cielos: todavía hay gente que cree esto, quiero decir: ésto de éste.

En relación con lo anterior, pero sobre todo queriendo dejar constancia de la idea que de la democracia tiene el personaje, Ibarretxe formulaba el Día de la Patria vasca una pregunta:

"¿De qué sirve el autogobierno, de qué sirve ser lehendakari en este país si no puedo preguntar a los hombres y mujeres qué pensáis acerca de las cosas?"

La traducción para no iniciados en la degeneración absoluta del debate político democrático es:

"¿De qué sirve el autogobierno, de qué sirve ser lehendakari de este país si no puedo preguntar, o aún más, hacer lo que me salga de los cojones?"

Y es que esta es la cuestión, la degeneración de la democracia española y los niveles de destrucción que el nacionalismo es capaz de alcanzar en esto. Algo en lo que el –nacionalismo- vasco es sin duda ninguna el más “avanzado”, e Ibarretxe el campeón de campeones. El político más capaz (quizá de Europa) de proclamar que su política introduce una moral colectivista y, por supuesto, definir el colectivo dentro del pueblo que ha de tener las claves o palancas del poder. Es cierto que esto ocurre en todas partes que hay nacionalismos en el poder pero en Euskadi, como siempre, ocurre más: naturalmente, el lehendakari no tiene ninguna intención de aparecer como el representante de “todos los vascos”, es que no le gustaría serlo, como “conductor” es el representante de unas esencias que cree significadas en todo el pueblo, que sustituyen de hecho al pueblo. Pero como todavía queda algo de los valores democráticos en Euskadi conoce que hay gente en desacuerdo con él, pero le ocurre pensar que son quienes no merecen ser representados o tenidos en cuenta. Si alguien duda de que la idea del conductor está absolutamente inserta en la mente nacionalista (cuando menos de sus dirigentes) queden para la historia las siguientes palabras pronunciadas hoy por la Portavoz del Gobierno Vasco Miren Azkárate con motivo de la decisión de la Fiscalía de enjuiciar a Ibarretxe:

“Estamos ante un hecho histórico de especial gravedad. Por primera vez en la Historia, por impulso político, se enjuicia penalmente al lehendakari por ejercer su función política, es un juicio contra la sociedad vasca y contra su voluntad mayoritaria de alcanzar la paz y la normalización política” (Martes 31-X-2007)

Enjuiciar al lehendakari es enjuiciar a la sociedad vasca en su conjunto, todavía más: enjuiciar contra la sociedad vasca. A continuación viene la distorsión democrática por cuanto no sería ya “contra la sociedad vasca” sino contra la “voluntad mayoritaria” de ésta; es una distorsión porque bajo la primera premisa no cabe la “mayoría” sino solo el todo, representado por Ibarretxe: sustanciado en él, que actúa como receptáculo de la voluntad general. No faltan, por supuesto, alusiones a la Historia.

Para terminar intentaré exponer de la mejor manera cómo creo que esto se introduce dentro del debate político español, dentro de esta democracia degenerada, dominada por dos partidos corruptos que si están en el poder solo mantendrán las mínimas formas, y si no lo están tratarán de alcanzar el poder. Esto servirá además para añadir unas líneas más a la figura del personaje y de todos aquellos que tengan una idea de la política (y del sistema democrático y el Estado de Derecho) similares a las suyas. Tómese a modo de conclusión.

Para empezar hemos de volver al pasado. La primera vez la inmensa mayoría de la izquierda responsabilizó a Aznar de lo que había ocurriendo: la cerrazón de Aznar habría hecho que Ibarretxe hiciera una propuesta que sabía condenada al fracaso como manera de llamar la atención, era simple y llanamente una forma de tocar los cojones ante una posición equivocada (la de Aznar). Ahora, la segunda vez, el PP y la inmensa mayoría de la derecha afirma que esto es culpa de Zapatero, que han sido las posiciones que el actual Primer Ministro ha mantenido respecto a los nacionalistas lo que ha permitido que Ibarretxe salga con sus referéndum: la laxitud en defensa de valores positivos compartidos por la generalidad y aún del Estado de Derecho permite que un representante del Estado como es el Presidente de la CAV pretenda obviar la ley. ESTA ES LA MIERDA DE POLÍTICOS Y DE POLÍTICA QUE TENEMOS. No, lo que ocurre es que hay políticos como Ibarretxe, que piensan lo que piensan y hacen lo que hacen. No depende de un exceso por arriba de Aznar ni uno por debajo de Zapatero por mucho que la posición de ambos pudiera considerarse extremada en algún sentido, o que una pueda ser peor que otra y “dar más alas”, NO, se haga lo que se haga, a Ibarretxe le da lo mismo y el resto es montarse películas con materiales floridos, desde la derecha y la izquierda.

Si, como es evidente, el diálogo no soluciona todos los problemas, y este es el caso: el hablar como Zapatero no servirá de nada, pero el hacerlo como Aznar (es decir, el no hablar) tampoco. Dejémonos de historias: lo hizo antes y lo hace ahora. Sin violencia y con violencia. Con “plebiscito” y sin él. Con el apoyo de su partido o sin él; con el apoyo, sin él, sin él y con el Presidente de su partido descabezado. Es indiferente. Hay “gente” (políticos) que es así y no importa lo que hagas.

Por cierto, no quiero concluir sin antes hacer una valoración de una interpretación muy extendida que se viene haciendo. Esta valoración se refiere a los motivos de Ibarretxe y, si no lo justifica, si al menos lo exculpa. Hay quien dice (y mucho parece haber de esto) que el PNV intenta no perder demasiados votos en las próximas Generales como parecía que iba a suceder. Bien, no voy a soltar una parrafada sobre lo que me parece que el PNV quiera acercarse al votante de Batasuna, no tampoco con la que está cayendo, simplemente diré que quien vea en esto un movimiento impropio en un demócrata pero a la vez muy extendido dentro del “politiqueo” partidista para recoger votos tradicionalmente ajenos o retener los propios tiene una idea del hacer política en democracia un tanto extraña y desde luego muy distinta a la mía -y no me tengo por un inocentón.

PD: No olvido que la justificación que da Ibarretxe es que su propuesta resolverá el conflicto vasco “que tiene al menos dos siglos”, que afirma que ETA “deberá pronunciarse” y que, luego, nos dice que “esto no tiene nada que ver con ETA”. Hace poco me dijeron con otro tema: no intentes comprender y, con los nacionalistas, eso estoy haciendo no pocas veces. Para mí estas son las razones de Ibarretxe, aunque sean como sumar 2 y 2 y obtener 27´363, yo le creo, total, qué más da, esta gente puede decir lo que quiera (no olvidemos que luchan por un “objetivo superior”).

jueves, 19 de julio de 2007

Multiculturalismo, una mala idea

Hay palabras de esas que la gente toma como verdades inmutables, que mencionadas por políticos dan inicio a un fuego que se extiende por la sociedad como si estuviera impregnada con líquido inflamable. Pareciera a veces que la gente necesitara de ellas, aun desconociendo el significado preciso de las mismas y sus consecuencias en el mundo real -cosa muy a tener en cuenta si, como es el caso, hablamos de política. Por eso, en la práctica, no son más que “palabras” y no “conceptos” o “ideas”. En no pocas ocasiones, la inclusión de esas palabras/conceptos en el ajuar ideológico acontece por la necesidad de sentirse mejor, de ser mejor, de tener una conciencia acotada por ideales más humanitarios y, a la vez, porque nos hacen más inteligible un mundo extremadamente cambiante donde las certezas no abundan.

Creo que una de esas palabras es “multiculturalismo”. A decir verdad no conozco con minuciosidad -antes bien de forma bastante laxa- la tradición filosófica que ha articulado las ideas que compondrían ese concepto, quiero decir, no sé qué poso tienen las ideas que lo conforman ni cómo es la estructura general resultante. De todas maneras es de dominio común que el “multiculturalismo” cree firmemente en la llamémosla implantación positiva del “relativismo cultural”, y en lo que sigue sólo intentaré poner de relieve algunos de los aspectos más perniciosos que subyacen bajo esta idea así como contradicciones inherentes a una aplicación más o menos estricta del mismo.

Antes de nada una aclaración. Hasta cierto punto creo en el relativismo cultural, pero en mi pensamiento los límites son fáciles de encontrar; como el relativista cultural al uso considero que las culturas son productos que los grupos humanos crean para enfrentarse a un entorno más o menos preciso, y en tanto éste difiere de un grupo a otro, existen culturas diferentes. Sin entrar en profundidades ni en inextricables definiciones se aprecia que entiendo la cultura como un instrumento de adaptación al medio (físico, de entorno cultural, etc, etc, etc). Difiero absolutamente del relativista cultural al uso en que las culturas sean conjuntos indivisibles, por lo que han de aceptarse (o, quizá, rechazarse) completamente, sin distinciones entre unos aspectos y otros, entre unas ideas y otras. En ese sentido, estoy persuadido de que todas las ideas no son igualmente legítimas (entendiéndolas como positivas, buenas). Coincido en la explicación que se da a la existencia de diferentes culturas pero no en cómo debe tratarse a éstas.

El multiculturalismo, al tomar las culturas como conjuntos indivisibles y asumir esa moral relativista que parece engrandecer nuestros corazones afirma, entonces, que todas las culturas son manifestaciones legítimas que buscan la subsistencia y prosperidad del grupo en unas circunstancias determinadas y, en adhesión a un ideal humanitario, considera que cada una ha de ser aceptada como tal pues de lo contrario se producirían choques que en nada favorecen la convivencia. En sentido estricto este desarrollo ha de poder ser completo dentro del grupo cultural en cuestión, esto es, una cultura ha de poder llevar las ideas o “protocolos” que la componen hasta el límite dentro del grupo de personas que se hallan en su seno: las ideas occidentales han de tener pleno desarrollo dentro del “grupo cultural (conjunto de personas de cultura) Occidental”, las musulmanas dentro del “grupo cultural musulmán”, etc. No se hace referencia en ningún caso a la comunidad sino sólo al “grupo cultural”, la comunidad y sus normas de convivencia preexistentes -delimitadas por las leyes vigentes, explícitas o implícitas- no se considera. El ideal humanitario es, a la vez que su fuente de poder (favorece su expansión) su mayor debilidad (el “multiculturalismo” trata de regular la vida en comunidad limitando, acaso eliminando, los conflictos entre grupos culturales, y esto no lo consigue).

Dejando de lado la dificultad de determinar qué cosa es cultura y en consecuencia el indiscernible problema que supondría determinar qué es estar dentro de o quiénes están dentro de una cultura (y fuera de otra), lo cierto es que esta creencia comporta contradicciones insuperables.

El problema seminal de la idea multicultural es que, habiendo sido una idea concebida dentro de una cultura tolerante, tolera todas las culturas, sin detenerse a analizar el problema de que no todas tienen por qué ser a su vez tolerantes y, de hecho, no lo son (cuando menos a día de hoy, sr. progre) en tanto persisten en ellas ideas y comportamientos intransigentes muy marcados. En realidad no aspira a limitar o eliminar el conflicto sino a soslayarlo y, en la práctica, es obvio de parte de quienes exigiría mayor comprensión; en esto sí es realista: exige comprensión y aceptación de aquellos que son capaces de proporcionarla. El multiculturalismo no aspira a eliminar la intolerancia de todos sino que pretende que todo –o casi- sea tolerado por algunos. Es más que evidente que quienes defienden la idea multicultural –aparte de no considerar sus consecuencias- no pretenden en la práctica un respeto mutuo universal sino un respeto universalista occidental.

Es irrelevante que todas las culturas sean legítimas, esa afirmación viene a dar respuesta a una pregunta errónea. [*]. Lo que importa realmente es que no todas las ideas son aceptables: en esencia los diferentes tipos de intolerancia o intransigencia no lo son, y no debe darse pábulo a su extensión y mucho menos a su aceptación por la generalidad. Es bueno, y a día de hoy necesario, que Occidente sea capaz de aceptar todas las culturas, pero no todas las ideas. Es inconsecuente si lo que nos orienta es la tolerancia por la convivencia ensayar un modelo de sociedad en que diferentes ideas intransigentes y prácticas anti-cívicas sean aceptadas. Siempre ha de existir una discriminación que establezca sus límites en base a unos ideales concretos y claros, no en obediencia a denominaciones, que es lo que de hecho se pretende.

La discriminación no es que “deba existir” sino que es imposible que no exista, de lo contrario un grupo concreto podría considerar que quien sostiene unas particulares ideas debe ser asesinado y asesinarlo efectivamente, aduciendo a continuación que su cultura exige tales prácticas. Pero, como digo, es que la discriminación existe en todo caso, se quiera o no. El problema radica en establecer los límites o parámetros discriminadores de lo tolerable; en lo que estamos tratando idealmente sería tarea fácil: 1) eliminar toda práctica intolerante y 2) eliminar toda práctica que dañe a otros colectivos [**]. La discriminación actual acepta uno pero no lo tiene de veras en cuenta y eso le hace ser errático e inconsecuente en dos, que ya es de por sí un problema complicado.

El multiculturalismo, sacado de la chistera posmodernista, no tiene en cuenta en nada los tiempos que corren, los hechos, la experiencia. Bien es cierto que –sobre todo actualmente- es necesario ser tolerante, pero la tolerancia no puede ser asumida por la sociedad si trata de mantenerse toda tradición por el simple hecho de serlo. Que hay tradiciones intolerantes e intolerables se sabe desde la noche de los tiempos. El multiculturalismo, de tan transigente, pretende que la noche de los tiempos tenga cabida en la sociedad del futuro y eso no se puede hacer: por mucho que lo vendan como modelo de tolerancia y modernidad su contenido produce unos efectos totalmente contrarios a los que busca. Es sorprendente ver cómo quienes dicen estar guiados por ideales de progreso defienden ahora la conservación de todo tipo de tradiciones; esta equivocada idea nos remite al brutal colapso que se está produciendo en la izquierda: la defensa de las llamadas “identidades” que termina siendo la defensa de las “denominaciones” (porque no todas se defienden, los parámetros discriminadores aguantan unas pocas, las denominadas como aceptables en un momento dado), y la sustitución del ideal de “igualdad” por el de “solidaridad”. Esto último, que es consecuencia lógica de lo anterior, la izquierda no puede soportarlo, es algo que nunca podrá ser armonizado, articulado con el resto de ideas “de izquierdas” con coherencia suficiente, y acabará con ella más tarde o más temprano –aunque el debate izquierda/derecha esté más que caduco, se entiende.

Es un error porque no se puede hacer Pero además es incompatible con ideas de progreso porque mientras éste sobreviene a la sustanciación en la práctica de unos ideales y su asunción por la colectividad quienes defienden el multiculturalismo quieren conservar todas las costumbres e ideas… pero a la vez quieren que unos grupos ayuden a otros, que sean “solidarios” entre sí. Esto no tiene nada que ver con la izquierda o, de veras, no debería tener nada que ver. La diferencia es que con la “igualdad” se asume la necesidad de establecer unas “condiciones objetivas” en que desarrollar los distintos proyectos vitales mientras que la “solidaridad” es el resultado de eludir el establecimiento de cualquier “condición objetiva” tratando de arreglarlo todo con un simple imperativo moral que nada tiene que ver con el mundo de los humanos. Es claro, con ustedes, el posmodernismo. El imperativo moral es el último recurso al que puede acudirse una vez que se quiere dejar todo como está, a todos como están, pero manteniendo la pretensión de mejorar todas las cosas; en definitiva estaríamos ante lo siguiente: que cada grupo haga lo que quiera, pero llévense bien y ayúdense unos a otros. Esto sirve para comprender desde otro punto de vista que sea desde Occidente de donde se exija tolerancia por cuanto él es -en principio- el único capaz de hacer que todos se respeten entre sí, es decir, de imponer el orden. Como se ve, Occidente es el único capaz de ser multicultural así como de hacer que los demás lo parezcan, vayan para él todas las exigencias del multiculturalista.

Al final de todo el multiculturalismo plantearía una disyuntiva muy sencilla en la que hemos de decidirnos por…

1) Renunciar a nuestras ideas sobre el progreso humano.

2) Conservar todo de todas las culturas (incluido aquello que impide el desarrollo de las ideas de progreso de la humanidad).

Por mi parte no estoy dispuesto a renunciar a mis ideales. Por muchas razones, pero entre otras ocurre que estoy persuadido de que éstos harían mejor la vida de aquellos que no los comparten. Esto no quiere decir que haya que imponer por principio ese conjunto de ideales que permiten la libertad y la igualdad (cuando menos legal) por la fuerza de las armas, perfectamente puedo dejarles en paz [***] pero esa no renuncia implica la defensa de las condiciones objetivas que permiten el desarrollo de mis ideas, es decir, [… defensa] allá donde ya las hay y puedo hacer por mantenerlas. De la misma forma tampoco hay contradicción en hacer un pacífico proselitismo con esos ideales así como de imponerse a los intransigentes allí donde éstos quieran implantar sus ideas a otros. Mi programa no es el de imponer la democracia tal y como -estúpidamente- pretenden los neoconservadores, pero creo necesario mantener los fundamentos que la permiten allí donde esta ya existe e impedir que determinadas ideas, germenes de intransigencia, rijan sociedades donde todavía no lo hacen.

Cualquiera que lea esto pensará de inmediato en el islamismo, en los islamistas, y no irá desencaminado porque esa puede ser mi inspiración, porque todos (incluso aquellos que jamás han tenido los pies en el suelo) tendemos a analizar los argumentos en relación a los datos disponibles, a la realidad. Pero la crítica al “multiculturalismo” es mucho más general; ésta pudiera dar entrada a muchos comportamientos intolerantes e intolerables, no sólo los islamistas. Como dije antes, el “multiculturalismo” no aguanta los hechos, pero siquiera la –pura- teoría, algo mucho más fácil. El “multiculturalismo” da pie a hacerse grandes cuestionamientos sobre temas relacionados con la identidad; con lo permisible para la conservación de determinadas identidades o aspectos insertos en ellas, en fin, la conservación de determinadas identidades tal y como hoy se conciben.

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[*] No entraremos a considerar si una cultura es un todo coherente que no aguanta sin desaparecer, edulcorarase o quedar desnaturalizado la eliminación de alguna de sus partes: ese debate solo puede ser producto de un exceso intelectual.

[**] No trato cosas como el asesinato o el fraude porque el debate no existe sino en razones que tengan que ver con esto.

[***] Porque lo que no se puede pedir, no se puede exigir (Tocqueville).

viernes, 1 de junio de 2007

Madrid, historia de un fracaso electoral

Los resultados que arrojan las Elecciones Municipales y Autonómicas ´07 en Madrid han sido muy comentados. Ciertamente no parece tan complicado hacer un análisis, pero la simpleza de lo dicho obliga a hacer algunas consideraciones, digo mal, ¡vive Dios!, el cuestionamiento no es por desagravio para con lo oído, nada de eso, sino con la realidad misma de las cosas, o de cómo algunos hacen que las cosas sean como son. Lapidariamente:

Porque lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.

I. Los datos



Fuente: El País [pulsar sobre la imagen para ver gráfico entero]


Algún que otro espíritu atento habrá tratado de explicarse las cosas de la siguiente manera: el PP ha sacado los mejores resultados de su historia en la CAM y el PSOE los peores. Es un análisis sencillo, pero más acertado que tantos y tantos que se han visto por ahí –los de los partidos incluidos, luego vamos con eso. Decía que alguno se habrá dicho éso y habrá desdramatizado la derrota del PSOE, o la victoria del PP, o ambas cosas: no basta.


II. Madrid capital.

No tengo conocimiento de que nadie lo haya dicho: ni los partidos, ni los periódicos que consulté, ni los comentaristas televisivos ni radiofónicos. El PP no lo hace porque queda mejor decir: “hemos sacado los mejores resultados de nuestra historia en la ciudad de Madrid. Mejores que los que nadie haya sacado nunca”. El PSOE tampoco porque le parece menos malo decir -y ya es decir: “hemos sacado los peores resultados del PSOE en Madrid”. Los medios de los primeros les siguen, y viceversa. Es todo muy sencillo. La participación ha sido dos puntos más baja que en 2003 pero el hecho objetivo, tanto que hasta se puede cuantificar, es que el PP ha sido menos votado que en las elecciones pasadas (-1.307 votos) aunque crece en porcentaje, desde un 51´30% hasta el 55´54%.

CONCLUSIÓN: el descalabro del PSOE ha sido total y absoluto, desde todos los puntos de vista y todas las perspectivas posibles, imaginables o inventadas.

Mientras el PP pierde apenas mil votos, el PSOE pierde –exactamente- 138.322 (-22´12%) que en adelante llamaremos, con total propiedad, electores. La pregunta capital –y nunca mejor dicho- en la FSM y en Ferraz debería ser ¿Qué hemos hecho mal? o dicho de otro modo ¿Por qué tanta gente que nos votó no lo ha hecho esta vez?

Empecemos por el principio. En 2003, la FSM (léase, el dedo de Zapatero) presentó a Trinidad Jiménez como candidata a la Alcaldía de Madrid, sería ella quien se la disputaría con Alberto Ruiz Gallardón, que también llegaba de nuevas, con la Botella en ristre por lo demás; su chaqueta de cuero, su frescura, su belleza, su cierta inutilidad cierta no sirvieron de mucho ante un Gallardón revestido con esa consustancial pátina de triunfador. Venía éste dispuesto a emprender nuevos proyectos faraónicos (desde la Presidencia de la CAM hizo el “Metrosur”) que han permitido que el 60% de la deuda de todos los municipios de España se concentre en Madrid. Bueno, sea como fuere la derrota era como Crónica de una muerte anunciada solo que aquí, entonces, sí que te lo podías creer antes de que pasara.

Por el contrario esta ocasión podía hacer hincar la rodilla a Albertofis IV. Decirlo hoy parece una locura, pero es un hecho. No hace falta más que recordar cómo el PSOE hablaba de la “batalla de Madrid” mientras ofrecía el puesto a los socialistas retirados más populares (con Bono el juego de palabras se complica irónicamente) o trataba de atraer a alguna que otra figura insigne en el área internacional (por supuesto no estoy hablando ni de Felipe González ni de Solana, ni de De la Vega, aquello eran bulos sin mayor trascendencia). La gente del PP de Madrid, quiero decir, mucha gente, recela del centrismo de Albertofis, lo cual, bien manejado, podía compensar o incluso superar la admiración que suscita entre la derecha madrileña, que también es mucha. Las obras de la M-30, tan molestas, unido a medidas que claramente tenían como objetivo sufragarlas: instalación de parquímetros, crecimiento exponencial de las sanciones a los conductores, etc, habían llegado a soliviantar de una manera muy, muy, notable a la generalidad, aparte que, claro, los “nuevos liberales” ante tanto gasto ya se sabe. En fin, el PSOE hablaba de la “batalla de Madrid”, por algo sería (dejo de lado elucubraciones sobre la “Memoria Histórica”). Se conoce que nadie se atrevió a luchar con Ruizamsés II aun cuando, por primera vez en su carrera, sus armas eran de bronce; y fue entonces que llegó el dedazo. Dedazo impregnado con líquido inflamable, como de fuego infernal, un “a los leones” en toda regla, casi al estilo yihadista pero -de nuevo… y más que en 2003- sin la pluma de Gabo de por medio. ¡Es que mira que Trini ya parecía un insulto, eh!

Miguel, para los amigos, o Sr. Miguel Sebastián para el resto del mundo… u “Don No es nada personal” desde que entro en el hall of fame televisivo, era hasta su dáctil designación el Jefe de la Oficina Económica del Presidente, vamos, más claro, agua. Y no debe descartarse la influencia que hayan podido tener los últimos escándalos conocidos sobre la susodicha institución, tengan o no base real. Y hay que recordar otra vez, sin duda, el capítulo que le da apodo: PENOSO.

En resumen, lo sucedido se explica diciendo que el PSOE la cagó ya con Trini PERO vio esperanzas de ganar este 2007 Y buscó un candidato, la cosa se fue dilatando sin que encontraran ninguno (devaneos de Bono incluidos [*]) y al final incineraron a uno eligiéndolo de la peor manera… siendo él mismo el peor de los posibles: hay que tener estilo hasta para incinerarse. Hombría Don Miguel, acuérdese del General Moscardó… Bueno, lo cierto es que su hijo sí que lloraba, pobre (nada que ver con la “Batalla de Madrid”, aunque algo de “Memoria Histórica”…). El PSOE no se ha preocupado por su candidatura a la ciudad de Madrid lo más mínimo, y lleva mangoneándola lo menos 5 ó 6 años. Así no se puede.


II. Sobre la CAM.

Fuente: El País [pulsar sobre la imagen para ver gráfico entero]


La historia del fracaso en la Comunidad es algo parecida, mejora en unos aspectos y empeora en otros, si bien es cierto que analizada globalmente es algo mejor. Antes de los comicios de mayo de 2003 todo parecía indicar que el PSOE llegaría al Gobierno, con el apoyo de IU más que probablemente. Antes de ir con la intoxicación democrática que se produjo hay que detenerse en lo realmente principal que, además, sirve para enlazar el caso de la Alcaldía con el de la Comunidad. Cuando Simancas fue presentado a la mayoría nos pareció un candidato la mar de mediocre: no vale nada y lo demostró. Muy posiblemente de haber presentado a una figura de talla, como creo que Madrid merece y/o requiere, se hubieran necesitado un par de Tamayos más, no hubiera bastado con dos. Así las cosas este completo desconocido trató de llegar a la Alcaldía, y lo cierto es que el PSOE sacó unos resultados que no conseguía desde que Joaquín Leguina fuera Presidente. Pero, reitero, re-pi-to, Simancas no era ni muchísimo menos un buen candidato, es necesario decirlo una y otra vez porque ahora no nos es desconocido, pero entonces SÍ lo era… y no es ninguna lumbrera ni tiene un gran perfil público: a la vista está.

En fin, alguien le robó la Presidencia. Algo pasó y no se quiso investigar. Nombres como De Tejada, personaje bastante oscuro que se vio complicado posteriormente en un par de casos de corrupción flagrante, de esos que hacen que el PP diga que se le persigue políticamente y que el PSOE es el partido del odio, salieron a relucir. Hubo cambios en las declaraciones y demás delicias, pero eso es ya agua pasada, qué le vamos a hacer. Ahora, lo que pasó es lo que tenía que pasar: Simancas + Aguirre + la política estatal del PSOE = fracaso.

Sin perjuicio de que lo principal es Simancas trataré de explicar por qué la política estatal del PSOE y el hecho Aguirre tienen tanto peso en un mismo plano (es decir, en cierto sentido son factores complementarios). En Madrid se habla de política nacional, básicamente, es lo que entretiene a la gente de aquí: no es bueno ni malo, simplemente es. No hay nacionalismos ni regionalismos de esos tan progresistas que se pasan el día hablando de la conservación de las tradiciones y los ataques que estas sufren por parte del “españolismo”, no hay tampoco un cuestionamiento constante de la Constitución ni cosas por el estilo, vamos, en general se está a gusto en España y no se avergüenza uno de ello. La política territorial del Gobierno Zapatero, entendida en sentido amplio, no gusta a las personas serias, tampoco del PSOE. Sin entrar en mayores complicaciones baste decir que no se entiende para qué se hace una descentralización, otra más, que tiene como objetivo principal acomodar a los nacionalismos, máxime si entran en juego (se toman como aliados) los independentistas que -legitimidades aparte- son imposibles de acomodar pues están ocupados en otros objetivos. Nunca estarán contentos, es su derecho, sí, pero también un hecho. El frustrado proceso de paz tiene una importancia relativa en sí mismo. El tema es que al final se torció y, unido a lo anterior, la gente comenzó a desconfiar del Gobierno a priori, pero eso no tenía por qué ser así en principio y, de hecho, no era así. Poco más que decir al respecto.

Por su parte, Esperanza Aguirre, esa estúpida mujer con tanto carisma como poco cerebro, hace política en clave nacional, entonces, como en ese sentido las cosas le han ido viniendo de cara al PP pues ha salido beneficiada -y aquí en Madrid más. A esto se une su estilo autoritario en la Asamblea que ha reventado la débil oposición de su archienemigo: es que Simancas no vale. La vulgaridad de sus planteamientos y las contradicciones que genera su discurso supuestamente liberal no han sabido aprovecharse. Tiene un discurso muy de derechas pero a la hora de la verdad le insufla multitud de elementos socialdemócratas, de las que alardea en todo momento y en las que basa su campaña: VPO´s, sanidad pública, etc (esto cuando no habla del “ínclito ZP”, se entiende). No hay mucho más que decir, se comió a Don Rafael. Tiene huevos, pero esto viene de dónde viene, la Ejecutiva Federal, y viene de cuando viene, a saber, de que es difícil querer de Presidente a alguien que no es capaz de controlar siquiera su propio partido, las cosas como son. Alguna analogía sobre el caso Almunia-Borrel podrían hacerse sin retorcer mucho hechos ni argumentos, pero qué más da.


IV. Epílogo

En resumen, mientras el PSOE de Ferraz siga tratando así a la FSM, y la FSM se deje hacer, es imposible alcanzar la Alcaldía o la Presidencia de la Comunidad. Y mientras el PSOE en el Gobierno central continúe desvariando será muy difícil ganar nada en Madrid. El PSOE necesita de una renovación en las maneras y en las políticas y el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer está en la CAM, pero no solo. La vacuidad de Zapatero no le impide ser, como se dijo un día, un “bambi de hierro”. Tiene un control sobre el partido comparable al de Stalin, así es difícil ganar nada más que el cielo para los “socialistas”, al menos los de verdad: socialdemócratas (sin más), tan sufridos nosotros.

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[*] Decía Leguina en una entrevista de esta semana que Bono rechazó en todo momento, en los sitios y momentos en que había que hacerlo, la candidatura a la Alcaldía y que fue Zapatero quien le dijo que no lo expresara con rotundidad mientras buscaban a otro. Y Bono sobreactuó, tal es su carácter populista. Peras al olmo, pues como que no. A Leguina, 12 años Presidente de la CAM, no se le invitó a ningún meeting, por cierto.

viernes, 4 de mayo de 2007

Cuando el espíritu está por delante de la ley

Cuando el espíritu está por delante de la ley, ésta está condenada a dejar de ser.

Las candidaturas presentadas por la izquierda abertzale (léase pro-etarras) han quedado -o quedarán- fuera de las próximas elecciones autonómicas y municipales –recuérdese que en el País Vasco son solo municipales. Primero fue la carnaza, de nombre ASB, que no cumplía siquiera con aquello del nombre; después las “agrupaciones electorales” con las cuales -intuyo- se trataba simplemente de enredar un poco para el asalto final. Por último tenemos a un partido de cierta antigüedad como es Acción Nacionalista Vasca, al que Batasuna habría penetrado con sus propios candidatos (ANV fue parte de la Mesa Nacional de Batasuna hasta 2001). Es de suponer que esta sea su último subterfugio, quiero decir, directo, porque siempre podrán volver a instrumentalizar EHAK como de seguro harán, pero el golpe se antoja bastante grande.

Mucho puede decirse sobre lo que ha pasado en esta legislatura, mucho en lo que se refiere a terrorismo, y mucho también sobre lo ocurrido desde la declaración de “alto el fuego permanente” de ETA el 22 de marzo de 2006. No obstante no es mi intención tratar esas cosas intentando colegir de qué manera desde todo aquéllo hemos llegado a esto, sólo quiero llamar la atención sobre un hecho en particular relevante. El PSOE cometió numerosos errores durante el alto el fuego de ETA y hacia el final el PP dijo algunas verdades, aunque antes había dicho muchas mentiras; asimismo el PSOE tuvo una actitud vacilante tras el atentado de Barajas, y todo eso no se puede dejar de tener en consideración. Sea como fuere y sin dejar de tener presente lo anterior me temo que ahora el PP vuelve por sus fueros y está dispuesto (está en ello) a desenvolver un discurso en que los argumentos fundamentales son ante todo demagógicos. En esos argumentos o pseudoargumentos me voy a detener.

Está claro, a un lado quedan ASB y las agrupaciones electorales, el problema es ANV. Desde el momento en que fue poniéndose de relieve que Batasuna pensaba utilizar a esta formación para colocar un buen número de sus candidatos en los parlamentos comenzó a funcionar la maquinaria del Estado. Finalmente han sido denunciadas por el Fiscal General y el Abogado del Estado algo más de 120 listas que más que probablemente no podrán ser votadas. Desde que ANV apareció en los informativos hasta el momento presente desde el PP se ha argumentado lo siguiente -como ya se hizo con EHAK: ANV es un partido relacionado con ETA, es evidente, por lo que debe ser ilegalizado; Rajoy llegó a decir “no es un problema con los plazos [judiciales], es de voluntad política”. Siendo la frase del líder de la oposición una extremación hasta lo intolerable de la primera.

En cuanto que un Estado es de Derecho lo primero de todo es cumplir la ley, esto es, lo que dice la ley. Y naturalmente sus formas de aplicación. Suele decirse que “las leyes tienen un espíritu”, pero esto es cierto solo en parte. Las leyes se hacen en un momento y un espacio determinado, y en ese momento y ese espacio hay un espíritu que permite, que hace o que consecuencia que las leyes sean como finalmente son (“sean” entendido como “se redacten”). Las leyes están hechas para resolver problemas o regular situaciones (o ambos) y en tanto que la circunstancia generada por el problema o conflicto o lo que fuere es de una manera, la ley será redactada de cierta forma; a partir de ahí se interpreta que la ley “recoge ese espíritu”, pero esto es una interpretación, pues, en tanto que la circunstancia varíe (ese momento, ese espacio) puede que cada vez se haga más difícil demostrar el “espíritu” cumpliendo la ley. Y la ley hay que cumplirla siempre.

No es aceptable que se cambie una ley para poder resolver un problema político o por la vía política, pero menos lo es que para resolver un problema los políticos no cumplan la ley. Lo primero es, digamos, manipular el espíritu de la ley en base a la oportunidad (política), algo muy grave. Lo segundo simple y llanamente, saltarse las leyes.

Actuando de frente contra el “espíritu” puede caerse en el fraude de ley, que viene a ser un “no cumplir la ley pero sí su letra”, permitir acciones auténticamente ilegales en base a su legalidad formal. Aquí entra ya la interpretación de cuándo esto sucede y cuándo no, la frontera puede llegar a ser bastante difusa, desde luego (sobre todo si los políticos se lo proponen; sobre todo si se ataca el espíritu de las leyes con frecuencia). Las cuestiones de interpretación en temas como este son siempre peliagudas y suele acudirse a antecedentes que vienen más o menos al caso, o no, pero que están relacionados con el tema en cuestión, sin embargo lo que de ninguna manera se puede interpretar es aquello que indudablemente está reflejado en un texto legal, es decir, una cosa es intentar demostrar que se está cumpliendo la letra pero no la ley, y otra afirmar que se debe actuar contra la letra misma de la ley para cumplir con su “espíritu”. Esto es intolerable.

Luego, y ya bajando a la actualidad política, quedaría interpretar si el PSOE trata de permitir (o llevar a cabo) un fraude de ley con el caso de ANV, porque no es posible cuestionarse sobre lo que hace el PP, que es exigir que el Gobierno se salte las leyes. Creo en lo último que la vacilación al interpretar podía tener cabida hasta cierto momento, sí, pero declaraciones como la de Rajoy no dejan lugar a la duda: de nuevo, como con las leyes –y más allá de otras cuestiones- Rajoy no esconde nada, Rajoy quiere decir exactamente lo que dice: que los plazos jurídicos dan igual, que no tienen por qué cumplirse, que tiene que darse el hecho sin cumplir con el proceso judicial prescrito, que la ley se puede obviar en este caso para conseguir un objetivo. Si conseguir ese objetivo es más beneficioso para el país y la sociedad que cumplir estrictamente con la ley es discutible, quizá hasta pudiera hacerse, pero no es discutible el sentido de las palabras de Rajoy (para que fuera beneficioso hay que aceptar, por supuesto, que todas las listas de ANV están contaminadas).

No pretendo demostrar “científicamente” que esto que hace el PP no lo hizo nunca el Gobierno, posiblemente lo hizo incluso durante el alto el fuego cuando desde varias partes comenzó a decirse que existía el precepto legal de algo así como amoldar las leyes a las exigencias o necesidades sociales, vamos, permitirle ciertas cosas a Batasuna para acercarnos al fin de ETA. Cuando se habla de la política del sistema las “demostraciones científicas” de diferencias cualitativas entre unos y otros son poco menos que quiméricas excepto en algunos casos contados (aunque algunos las ven por todas partes: los maniqueístas). Lo que quiero decir, y es de lo más mundano, es que el PP se ha entregado a la demagogia argumentada en base al incumplimiento de las leyes. Y, en fin, que el PP continuará diciendo tras las elecciones que “ETA está en las instituciones porque el PSOE así lo ha querido” (como ya afirmó Astarloa) y añadirá en el gesto más repugnantemente electoralista que “lo hace para conseguir algún gesto de ETA”, que “otra vez el Gobierno hinca la rodilla ante los terroristas” e incluso que “esto es una exigencia de ETA para avanzar en el proceso de paz”. Reitero que, al final, gran parte de lo dicho no dejan de ser interpretaciones y juicios de intenciones sobre unos y otros, ahora bien: el que no quiera verlo, que no lo vea.

Por cierto, que luego vendrá Acebes o algún otro de similar calaña a decir que “el PSOE no respeta las decisiones de los tribunales”, “las instituciones” o algo semejante, y si no al tiempo.

martes, 24 de abril de 2007

Esa cosa rara llamada Neoderecha

Existe actualmente una cosa rara que se llama “neoliberalismo”, por lo general quienes son tal dicen ser “liberales” y no seré yo quien niegue esto. Ellos dicen que su ideario político no tiene nada de nuevo, y yo estoy bastante de acuerdo, se niegan a dejar de ser “liberales” sin más, aunque hasta el otro día eran simplemente “derecha” o estaban muy a gusto cuando se los llamaba “conservadores” o se les aplicaban otras etiquetas bastante más “tradicionales”. Por cierto, que también los hay que se llaman nuevos-conservadores, hablemos, pues, de “neoderecha”.

Estos personajes sostienen de hecho –y la mayor parte de las veces afirman hacerlo también de derecho- que son los únicos defensores de la libertad y que en esto nadie les hace sombra. Despotrican contra toda ideología que no contenga las cuatro cositas que tienen por fundamentales. Actúan de hecho –y la mayor parte…- como si todo lo que no contenga eso que ellos sostienen sea irracional, vaya contra el progreso del mundo, sea una cuestión propagandística interesada y/o sea simple tontería repetida una y mil veces y, acaso, racionalizada, pero de esa manera en que se racionalizan las cosas falsas: con una mentira o falacia de principio. Sienten amor por EEUU y por extensión por el mundo anglosajón, en el que ven a los mayores pensadores de todas las disciplinas así como a los mejores científicos, humanistas y todo tipo de hombre dedicado a una disciplina, cualquiera que sea; un amor que les lleva a defender lo indefendible aunque para ello hayan de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, y no sé si será por el problema que les suponen frases como esta anterior que sus ataques contra la democracia-cristiana comienzan a acercarse a la brutalidad.

Son por tanto combativos y dogmáticos –en realidad lo uno suele implicar lo otro, al menos en la práctica. Su religión es la libertad de mercado y su objeto de admiración ellos mismos. Es una especie de secta que trata como tales a todos los no creyentes, y cierto es que vivimos en un mundo lleno de sectas ideológicas, pero eso no implica que ellos no sean una, y de las más numerosas, y seguramente la más temible. Tienen cuatro obras de política y/o filosofía –que en sí son muy recomendables- que siguen a la manera escolástica y no aceptan que ningún hecho desmienta su interpretación puntual de cualquier acontecimiento concreto; su (-s) rama (-s) más radical (-es) se parecen a los marxistas. Por ejemplo aseguran (no sé si todos) que la globalización ha sido una realidad, o una tendencia, varias veces repetida, casi “intentada” (esto es, conscientemente) y que siempre ha sido echada abajo por elementos reaccionarios que tenían la vista puesta en la conservación de sus valores en alto grado irracionales, de su identidad: de su tribu contra el avance de la Humanidad. También suponen que “la historia ha terminado” porque la democracia liberal y el capitalismo se extienden ya por todo el orbe; cierto y afortunado hecho, no obstante olvidan que el fin de la Historia es el fin del Hombre, y que aún quedan muchas cosas por mejorar –aparte de las que ellos pudieran señalar, me refiero. Aseguran que EEUU es el paradigma de la democracia y su mayor defensor y que Europa como conjunto y en especial la izquierda (también la de EEUU) hace labor de zapa apoyando directa o indirectamente a los terroristas y a los Estados que le dan cobertura material o ideológica. Como decía, todo el que no crea tales zarandajas tantas veces maniqueas es un estúpido o un totalitario, y lo dicen sin despeinarse y con la mayor convicción (en el caso de su interpretación teleológica de la “tendencia globalizadora” no exponen sino una trivialidad que interpretan de la manera más trascendente para acoplarla a gusto en un esquema –el suyo- complejo).

Suponen de la manera más natural que toda queja contra la dinámica de la economía mundial y el mundo mismo que ésta está generando es un achaque más de tribalismo, que la gente se queja porque sí siempre y no sólo algunas veces –aunque puedan ser muchas. Que criticar la globalización tal y como se está haciendo –o sucediendo- es ser un irracional y, cuando tienen cierta capacidad, no sé si de empatía o de diálogo, que “no queda más remedio”. Sostienen, por ejemplo, que todos los medios más o menos tradicionales de paliar la pobreza son ridículos y no pocas veces corruptos, corruptores, racistas y, en fin, totalitarios. Que “no queda más remedio que hacer lo que ellos dicen” para acabar con los males del mundo y mientras tanto se ha de defender tales proyecciones con la fuerza de las armas, sea necesario o no: lo que importa es el objetivo (ciertas ideas y “comportamientos” marxistas tienen aún gran predicamento dicen ellos… Y TANTO).

Alaban la crítica, que en los últimos tiempos se está confirmando como la mayor aportación de Occidente a la cultura universal, pero no aceptan ninguna (crítica como “esencia” del carácter europeo). Alaban, pues, a Occidente y a la crítica, pero defenestran a Europa. Admiran, entonces –o, por ejemplo-, la época en que Occidente se reducía a Europa, aquéllos en que ésta hacía y deshacía por todo el mundo sin contestación posible ni imaginable. Defenestran a la Europa actual porque no defiende sus valores que “son lo mejor de lo mejor y los que nos llevan por el buen camino”, pero eso sí, nada de criticar a EEUU que es quien, supuestamente, lleva la crítica, el progreso y la ciencia allende los mares. Odian sobre todo a la UE -que anda para su regocijo de capa caída- y pienso últimamente que buena parte de lo que hacen lo llevan a cabo para embarrancar el proyecto europeo que de existir poco tendrá que ver con el modelo estadounidense.

Estas líneas están cargadas de sarcasmo, pero sus razonamientos separadamente [los de esta “neoderecha”] pueden estar muy bien fundamentados, pueden formar asimismo un conjunto de lo más sugestivo (sobre todo en estos tiempos en que una importantísima parte de la izquierda no sabe ni lo que pasa ni lo que quiere), aunque uno deba tragar con sapos, culebras y un sinnúmero de contradicciones. La ridiculez se ve, por tanto, en el conjunto y una vez se ha tomado cierta distancia. Se ve sobre todo en las contradicciones que se generan entre razonamientos en que tratan distintos temas y en –reitero, desde la distancia- lo infantil y poco observador de sus percepciones, en su maniqueísmo que pretende que unos tengan toda la razón y los otros ninguna, nadie más que ellos en realidad –son una suerte de nuevos elegidos. No hay ni pizca de sentido crítico en sus comentarios: ya decía el Profesor Mairena que “no hay que confundir la crítica con la mala baba”; lo que hay es ataques contra lo que ellos no piensan y, acaso (tienen parte de razón en esto), contra un estado de cosas dominado en lo público por el progre, ese pusilánime. Achacan el carácter de toda esta base argumental a su odio al relativismo, presentándose como paladines en la lucha contra este mal que tan fácilmente embota los sentidos (y tanto mal ha hecho ya, y sigue haciendo), pero como ya se podrá inferir yo creo que no es anti-relativismo sino dogmatismo. Puro y Duro.

Nadie atento a los cambios políticos e ideológicos deja de opinar que la izquierda necesita un repaso de arriba abajo, que por ejemplo ese supuesta “vanguardia antiglobalizadora” no es el futuro en tanto que no tiene programa ni sustancia y se haya penetrada de elementos de lo más reaccionario –muchos de estos, sí, tribales. Que la izquierda ha de cambiar quizá hasta el punto de convertirse en algo que no tenga nada que ver con el original, pero no se debe pensar que estos personajillos (por cada uno válido, o párroco, hay 5.000 palmeros, o simples feligreses) son quienes tienen todas las claves para componer el mundo que viene, que será como en cada época muy distinto del anterior (y es que estamos en tiempos de cambio acelerado). Nadie –sincero consigo mismo- tiene una idea clara de cómo será el mundo que vendrá y en qué proporción podrá estar dentro de sus deseos, éstos tampoco, la prueba está en las constantes y continuas contradicciones y en los sapos y las culebras. Simplemente éstos aseguran tener las ideas más apropiadas para hacer avanzar el planeta en la buena dirección, que su dogmatismo no deja de presentárseles sino como la única, aunque su moral es la victoria (lo cual es una cosa terrible, de hecho los válidos no hablan de moral explícitamente jamás, aunque moralizan que da gusto).

Pasan el día hablando del totalitarismo y en concreto de los regímenes socialistas, de la opresión constante que estos ejercían, de su brutalidad y cosas por el estilo. A continuación pueden mostrarse como los más acérrimos seguidores de la escuela realista, defendiendo todos y cada uno de los desmanes de aquellos a quienes consideran los salvadores de la Humanidad, al menos en los sentidos político e intelectual: EEUU. Critican la pervertida, y no pocas veces perversa, moral del progre y el estado de cosas que le es tan acogedor a éste y luego presentan guerras hechas con mentiras como el mayor signo del democratismo estadounidense y, acaso, Occidental. Gastan tinta –o dedos- expresando la razón intrínseca escondida tras todas estas cosas y es que el estado de cosas actual, visto en profundidad (es fácil hacerlo), aunque en lo social está anquilosado por la moral y el pensamiento progre, la dinámica les es de lo más favorable: la victoria les parece cercana y ellos tienen la Verdad (con mayúscula la suelen nombrar). Así, cualquier hecho puntual puede ser justificado, y como son demócratas y todo eso, como tienen esas convicciones firmemente asentadas, consideran que cualquier cosa que les acerque al éxito es bienvenida olvidando que en política -o al menos para el demócrata- lo más importante son los medios y no los fines, pues son estos lo que determinan la legitimidad de nuestros actos. Sencillamente, son capaces de defender cualquier atentado hecho desde la democracia, esté basado en mentiras, asentado sobre el más flagrante atentado contra la legalidad internacional –y nacional incluso-, o, en fin, aunque suponga hacer exactamente lo mismo que podría hacer un régimen dictatorial. Lo más triste de esto es que todo sirve mientras no desborde los límites legales, no se paran a sopesar los llamados “consensos tradicionales” que mantienen a la democracia no sólo dentro de la legalidad “autoimpuesta” sino también de las experiencias conocidas y, por tanto, “manejables” (de esto acusa, no sin parte de razón, Rajoy a Zapatero, aunque excuso decirte). Lo dicho, la moral de la victoria.

Este tipo de moral da como resultado las ideologías más sectarias que uno pueda imaginar, y cuando son realmente radicales pueden contener buenas dosis de historicismo en su pensamiento como demuestra que sean capaces de interpretar todo hecho concreto desde ese su patrón total (¿totalitario?, ¿totalista?) que se demuestra normalmente en base a acontecimientos pasados interpretados de atrás hacia adelante acusando de propaganda inaceptable aquello que no les gusta –y si no propaganda, “desviación típica del pensamiento inspirada por los conspiradores” (contra la libertad, el progreso, etc). No hay hecho que contenga más matices que los que se encuentren dentro de esta cosmovisión “neoderechista” –justo es decir que hay cierta diversidad, no es lo mismo un neoconservador que un neoliberal “puro” y así sucesivamente. Nunca les cabe la duda de que aquello que no les gusta tenga múltiples causas (aunque en distinta proporción, cuidado con el relativismo y sus argumentos sobre la inextricable complejidad de los fenómenos, no se trata de eso) o, para que se entienda mejor, soporte causas contrapuestas, en las que unas razones estén del lado del “amigo” y las otras del “enemigo”, “adversario” o como quiera llamárselo (ellos a todos tratan como enemigos). O mentira, o estupidez o propaganda. No obstante todo es mucho más mundano, los sapos y las culebras son perfectamente soportables, esto es, pueden encontrar partes de razón si hay (varias) partes y son amigas entre sí: como digo, todo queda dentro de la división en la que supongan unos “mejores” y otros “peores”, sean todos amigos o todos enemigos. Pero es difícil que cuando unos son “amigos” y otros no, los segundos tengan parte de razón, es entonces cuando, en último término (si es que ven necesario llegar tan lejos, algo muy poco frecuente), apartan todo el realismo y la experiencia histórica y comienzan con disquisiciones con mayor o menor contenido abstracto sobre la bondad inherente al modelo que defienden y la maldad de aquel al que atacan. En resumen, hablan en abstracto para mostrar aquello que desde la razón creen demostrable, mientras para lo que creen bueno (pueden ser sapos y culebras) tiran de “realismo”, que suele coincidir casi siempre con lo que se entiende como escuela realista en el campo de las relaciones internacionales, tratando a todos de Chamberlein´s en Munich (o de Stalin´s directamente).

Esta neoderecha no es sino un eco de la Guerra Fría, la resultante lógica de la victoria de EEUU en este conflicto. Occidente ganó (y la democracia y la libertad por supuesto) pero quien se expande de éste es únicamente EEUU: sus usos, sus pensamientos, en fin, sus elementos más puramente civilizatorios, que tratan de ser aplicados cuanto antes y de la manera más cruda con ese “es lo mejor, no queda otra, de lo contrario sucumbiremos”. Es el momento de reformular la izquierda, desde la crítica y la razón y no desde los usos antiguos, sin miedo de que los grandes socialdemócratas del pasado levanten la cabeza y griten traición: no saben lo que hay y además no la levantarán, eso seguro. Y hablando de “territorios” es necesario desde ya impulsar a Europa (que no es ni mucho menos –y lógicamente- toda de izquierdas), creando un modelo distintivo, convincente y sostenible.